Los textos clásicos revisten el arte escénico de su antigua dignidad y de su magia irrepetible. Y el verso le confiere al actor un magnetismo, y una luz que no puede darle nunca el cine, por más excelente que sea una producción cinematográfica, ni por supuesto la TV. Vivimos en una civilización predominantemente visual y la conformación del mundo se organiza a través del sentido de la vista en combinación con los rayos de la imagen. Pero ese mecanismo sensorial fascinante no puede proveerte del recogimiento y la interiorización que proporciona el ritmo, la rima y la conexión misteriosa del verso con el elemento sutil del espacio y del aire. El verso rompe el tiempo y se pone al lado del espíritu de fiesta que es siempre el teatro del siglo de oro español. No hay forma de imaginar a los grandes autores del siglo de oro si no es en verso donde la complejidad del pensamiento barroco se compensa con la sencilla musicalidad popular de los versos. A Valle Inclán le preguntaron que era eso de “ el milagro musical del sonido “ y señalándose un oído, y después el otro, contestó diciendo: “ que por aquí me entra, y por aquí me sale.” No hay forma más graciosa y perspicaz de definir el anonadamiento gozoso que transmite la poesía, especialmente la del teatro barroco español.rn


